Algo que escribí los primeros días en la capital de Ghana, Accra:
Desde el avión se veían tierras ásperas cuando miraba por las ventanillas, estaba aterrizando en la capital de Ghana, Accra. Después de un vuelo de 9 horas y media desde Washington D.C, aterrizaba en el continente africano por primera vez. No se veía mucha construcción, ni un agrupamiento de la ciudad como se ve cuando se aterriza en cualquier Capital, sino más bien una dispersión aleatoria pero razonable de acuerdo a la distribución de la tierra. Una vez la señal de desabrocharse los cinturones se apagó me prepare para pisar tierra desconocida. Lo que no me esperaba era encontrarme con un clima y ambiente muy parecido al de Cartagena, además de desembarcar el avión usando las escaleras trasladables. A pesar de que el lenguaje oficial es inglés, no me esperaba que tuvieran tan poco manejo del idioma, donde la mayoría manejan un inglés apenas básico. No me sorprendería si hay más chinos que sepan hablar inglés (proporcional a la población).
Por otro lado la amabilidad y el sentido humano es el común denominador de los ghaneses. Todavía en las instalaciones del aeropuerto un taxista se acerca al verme esperando un poco confundido frente al stand de celulares y me pregunta que si necesito algo. Me recomienda que compre un celular en la ciudad ya que saldría más barato. Me asombró fue la calma con la que se manejaba, sin el único interés del taxista colombiano, o más bien del colombiano, de aprovecharse del turista y de hacer billete, sino más bien un interés humano por resolver mi inquietud.
Francesca me había dicho que me esperaría un señor portando un papel con mi nombre. Salí entonces a la sala de espera donde esperan los familiares a buscar al señor pero no lo encontraba, mi concentración estaba tan enfocada en el señor, que no me di cuenta cuando Francesca se acerca y me recibe con un abrazo inesperado. Me lo debí esperar, punto para ella. Estaba acompañada de Anthony, nuestro taxista y encaminamos hacia nuestro hotel, Afia Beach. Un recorrido esquivo sin dirección con el único propósito de esquivar los huecos, mejor conocido como ‘potholes’, que se hacían predominantes en la carretera y con el desagradable pasajero de los pitos, característico de ciudades de bajo desarrollo. Sin la moral cooperativa, el desorden seguía el deseo contradictorio de cada conductor, en vez de la ley de transporte.
La carretera para llegar a la entrada de nuestro hotel no me daba mucha esperanza y criticaba mi decisión de haber escogido este hotel, pero una vez llegamos me di cuenta que no era así. Decidí entonces comenzar mi aventura probando un plato ghanes, banku, una sopa a base de vegetales con un picante bastante fuerte acompañado de una masa a base de harina. No una muy buena elección, pero dada mi actitud y mi ingenuidad no tengo rencores. Ya cinco semanas adentro de mi viaje perdí esa determinación y mentalidad de probar la cocina ghanesa y me repito que no fue hecha para mi paladar, especialmente cuando sobrevivo con arroz y vegetales y mi plato favorito sándwich de atún. Ese día descansamos y hablamos con Francesca de nuestro plan a seguir.
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